Marie

Fue la gran atracción de aquel verano. Un francesita de 15 años que aterrizaba en plena costa asturiana en los 60… imaginaos. Venía sin prejuicios (para mantener romances con los españoles o quitarse la parte de arriba del bikini, por ejemplo), enarbolando la libertad, igualdad y fraternidad que las mujeres galas tan duramente, durante tantos siglos, habían conquistado, pero, aunque no fue consciente de ello, se marchó con más prejuicios de los que había traído: contra los españoles, contra su bárbaro, machista y racial comportamiento y contra el atraso cultural, social, económico y político  de España.

Una auténtica Lolita, coqueta, mignone, con su atrevido corte de pelo y su atuendo moderno, se paseó por la playa de Buelna en 1963. Se llamaba Marie. Era rubia. Tenía los ojos azules. Los volvía locos.

El primero en caer fue su primo segundo- o tercero, o cuarto- primo lejano, vaya, hijo único de la “tía Monica”,  que en realidad no era tía, sino prima carnal de la abuela de Marie.

Angel, de 17 años, cayó rendido, como fulminado, ante sus encantos… pero al verano siguiente, cuando Marie volvió a la casa de Llanes, se sintió súbitamente atraida por Juan, el mejor amigo de su novio español. “No debería tomarselo mal“, cavilaba la francesa pensando en Ángel, mientras besaba y amaba a Juan, en pleno ejercicio de libertad. En cualquier caso, durante el invierno en Francia, no es que hubiese guardado ausencia al desdichado ángel caido, pero su affaire con Juan provocó un verdadero cisma entre los dos amigos. La batalla se saldó con la huida de Juan al servicio militar con apenas 18 años. Abandonó los estudios, dejó a su familia, hizo el petate y se unió a las huestes españolas en Servicio de Montaña. Aprendió a esquiar y resultó ser el mejor. El mejor de su regimiento, el mejor del Ejército, el mejor de España, y años después, olímpico y maestro de esta especialidad.

Ángel, por su parte, quedó tocado para siempre en su autoestima y seguridad. Con el tiempo, se echó una novia de carácter, con sospechoso parecido a la francesa, incluso en el físico. Se casó con ella, tuvo cuatro hijos y rompió por su intermediación con toda su familia.

¿Y Marie? Bueno, ella tuvo un par de decenas de experiencias sentimentales más y a los 25 años, con un español impecable, francés nativo e inglés bilingüe, se convirtió en la flamante relaciones públicas de un hotel en Marsella. Se enamoró del cocinero, un guapo franco-italiano despechado por el súbito abandono de su primera mujer, quien tras desvalijar su caja fuerte, había desaparecido de un día para otro dejándole  sin blanca y con un hijo de apenas un año.

Jean Babtiste era pendenciero y dominador. Celoso, déspota y mujeriego, le dio mala vida, pero ella lo amó más que a nadie. Se hizo cargo de su bebé, tuvo otro propio, dejó su prometedora carrera y se puso a atender el restaurante que montaron juntos.

Pasaron casi dos décadas y un día, tia Mónica escribió una carta para pedirle a Marie que recibiera a su nieta de 17 años- la hija de Ángel- de la misma manera que ella la había recibido tiempo atrás.

La tía Mónica...”, se dijo Marie con cariño, sin poder evitar una sonrisa ante el cúmulo de sentimientos y recuerdos que se le venían encima. Por supuesto. Si Natalia quería aprender francés, esa era la via natural, y el ciclo se cumpliría y, ¿quién sabe?, quizás en el siguiente ciclo su hijo Martin podría ir  a aprender español a casa de Natalia. Además, sería interesante tener a una chica en casa, para variar, alguien con quien compartir y charlar de las cosas que sus hijos no podían entender. Hablarían de sus amores y desamores, de recuerdos, de cocina, de ropa, irían de compras… y Natalia le contaría cómo había cambiado Llanes, la playa de Buelna, España entera... sería  estupendo retomar el contacto con un país que, según contaban, había salido definitivamente del atraso franquista y avanzaba a velocidad de crucero hacia la modernidad.

Llegó el verano, y la españolita se presentó al fin en la casa de Marie y Jean Baptiste. ¡Señor! Era un bombón, alta, delgada, morena, de ojos verdes intensos…

Jean Baptiste babeaba en su presencia.

Marie no podía creerlo.

No debería tomárselo mal“, pensaba la española sobre Marie mientras besaba y amaba a Jean Baptiste en pleno ejercicio de su libertad.

 

 

 

 

 

Celedonia (II)

Era ya una jovencita cuando, una tarde de toros,   conoció en Madrid a un elegante caballero pelirrojo, de inteligencia vibrante y porte distinguido. Amante de la dialéctica, dotado especialmente para la palabra, tenía el ímpetu y la mirada desafiante de los triunfadores.  Su honradez e integridad eran tan visibles como su atractivo con las mujeres, por las que sin embargo no se dejaba llevar, ocupado, como todos los grandes hombres, en cambiar y mejorar el mundo. Celinapasaba por entonces algunas  temporadas en la capital de España, algo más cosmopolita que el pequeño pueblecito cántabro de su familia paterna y que el reducido mundo de la mansión en que su madre, muerto su padre, se escondía del desprecio hacia su raza. Madrid. Un lugar en el que pasar más desapercibida.

Fue un alivio y casi un sueño ser pretendida por el caballero, un joven y destacado abogado que llegaría a sergobernador provincial en tiempos de la República. Su boda fue espectacular, por todo lo alto, y sus primeros años recién casada, en lacasa del Conde de Romanones enGuadalajara fueron los más felices de su vida.

Nació su primer hijo, al que cuidaba una institutriz inglesa. Luego vino su hija, a la que asignó otra institutriz. Fueron tiempos prósperos, holgados, dignos de las fascinantes heroínas novelescas  que tanto admiraba.

Cuando la guerra estalló, su vida saltó en mil pedazos. Su marido fue encarcelado por el bando Nacional,sus bienes fueron requisados y, para sobrevivir junto a sus hijos, tuvo que ir vendiendo sus propiedades, sus muebles, sus joyas… cuando no tuvo para dar de comer al servicio, lo fue despidiendo.  Las dos tatas de sus hijos y alguna criada fiel permanecieron junto a ella renunciando a cobrar un sueldo. La convencieron para alquilar habitaciones y se encargaron de todo, dejando asi a la señora un resquicio de dignidad… sin ellas no habría podido salir adelante.

Si. Hubo gente bondadosa que le ayudó en aquellos tiempos difíciles… removió algunos contactos para tratar de interceder por su esposo, encerrado en la celda de los intelectuales junto a otros ilustres de su época, escritores, pintores, políticos bajo amenaza diaria de fusilamiento que a veces dejaba de ser amenaza y se convertía en un hecho. Muchos murieron

No dudó en recorrer despachos para rogar  por su marido. Y por remover y pedir, le acusaron de pertenecer al Socorro Rojo y la encarcelaron tres años. Hubo que separar a los niños, que fueron acogidos por familiares y amigos temporalmente, pero sin fecha de retorno, alejados entre si y sin el amparo de sus padres.

Al acabar la guerra, tras sus años de cautiverio y los otros siete años que su esposo permaneció en prisión, llegó el exilio. El caudillo  dictaminó que debían irse a vivir al menos a 400 kilómetros de Guadalajara einvalidó el título universitario del padre de sus hijos, lo que le impidió ejercer el resto de su vida.

No sólo eso, al antiguo ex convicto político no le daban ni el peor de los trabajosNo había qué comer. Pero la familia se reunió de nuevo. Y nació un hijo más…

Celedonia (I)

Aside

En el pueblo cántabro de Bezana la conocían como “la china”. No era casual el sobrenombre, ya que su nariz aguileña heredada de su padre, Manuel, no podía disimular sus rasgos descaradamente orientales, supelo negro azabache, sus ojos rasgados, su mirada de ébano o el tono de su piel, cetrino, poco propio para los gustos de la época y menos aún para el nuboso clima del norte de España.

Había nacido en Tumauini, provincia de Isabela, en la principal isla filipina, Luzón, fruto del rapto de la jovencísima única hija del gobernador local por parte de un español indiano que logró así casarse con ella y hacerse dueño de las plantaciones de tabaco, maíz y arroz, asi como de otros negocios propiedad del padre de la joven.

Si; Celedonia era mitad española, mitad filipina, pero su infancia exótica rodeada de esclavos, de monos y de paisajes selváticoshabía quedado muy atrás cuando, con siete años, su padre la embarcó rumbo a España, en un auténtico periplo oceánico, porque las cosas en Filipinas se ponían feas con los japoneses…

En el internado de señoritas en el que vivió sus primeros años en España, Celina no pudo disimular su condición de mestiza, y todo el dinero de su progenitor, que a la vuelta de Oriente había podido comprar media Bezana, no le evitó el sufrimiento de saberse diferente, de ser “la china” en un mundo poco comprensivo con la diferencia y completamente ajeno  a la globalización de nuestros días.

La nieta del cacique echaba de menos a su madre, a su tata, a sus criados, a su loro, a su piano… se sentía triste, se sentía sola. Llegaron noticias sobre la crueldad  de los invasores. Habían quemado vivos a sus tíos; en Asia lo habían perdido todo. De allí, apenas le quedaron un puñado de recuerdos: algunas palabras en tagalo, cómo aprendió a nadar en el cristalino rio de Cagayan asida a unas cañas de bambú o el día en que su padre la salvó de una enorme serpiente con la que se toparon en las llanas y fértiles tierras de su familia. “Nena, ¡corre en círculo!“, recordaba que le había espetado don Manuel al tiempo que apuntaba hacia el bicho. Y es que los reptiles serpentean muy bien, pero tienen problemas para girar circularmente si tú lo haces, lo que te da tiempo para que tu padre dispare y acierte librándote de una muerte segura.

Un invierno y un verano, un invierno y un verano… pasaba el tiempo y los recuerdos se difuminaban. Hasta que,  finalmente, olvidó.