Celedonia (I)

En el pueblo cántabro de Bezana la conocían como “la china”. No era casual el sobrenombre, ya que su nariz aguileña heredada de su padre, Manuel, no podía disimular sus rasgos descaradamente orientales, supelo negro azabache, sus ojos rasgados, su mirada de ébano o el tono de su piel, cetrino, poco propio para los gustos de la época y menos aún para el nuboso clima del norte de España.

Había nacido en Tumauini, provincia de Isabela, en la principal isla filipina, Luzón, fruto del rapto de la jovencísima única hija del gobernador local por parte de un español indiano que logró así casarse con ella y hacerse dueño de las plantaciones de tabaco, maíz y arroz, asi como de otros negocios propiedad del padre de la joven.

Si; Celedonia era mitad española, mitad filipina, pero su infancia exótica rodeada de esclavos, de monos y de paisajes selváticoshabía quedado muy atrás cuando, con siete años, su padre la embarcó rumbo a España, en un auténtico periplo oceánico, porque las cosas en Filipinas se ponían feas con los japoneses…

En el internado de señoritas en el que vivió sus primeros años en España, Celina no pudo disimular su condición de mestiza, y todo el dinero de su progenitor, que a la vuelta de Oriente había podido comprar media Bezana, no le evitó el sufrimiento de saberse diferente, de ser “la china” en un mundo poco comprensivo con la diferencia y completamente ajeno  a la globalización de nuestros días.

La nieta del cacique echaba de menos a su madre, a su tata, a sus criados, a su loro, a su piano… se sentía triste, se sentía sola. Llegaron noticias sobre la crueldad  de los invasores. Habían quemado vivos a sus tíos; en Asia lo habían perdido todo. De allí, apenas le quedaron un puñado de recuerdos: algunas palabras en tagalo, cómo aprendió a nadar en el cristalino rio de Cagayan asida a unas cañas de bambú o el día en que su padre la salvó de una enorme serpiente con la que se toparon en las llanas y fértiles tierras de su familia. “Nena, ¡corre en círculo!“, recordaba que le había espetado don Manuel al tiempo que apuntaba hacia el bicho. Y es que los reptiles serpentean muy bien, pero tienen problemas para girar circularmente si tú lo haces, lo que te da tiempo para que tu padre dispare y acierte librándote de una muerte segura.

Un invierno y un verano, un invierno y un verano… pasaba el tiempo y los recuerdos se difuminaban. Hasta que,  finalmente, olvidó.

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